Nuestros pueblos vecinos
Castillejo de Robledo
Ante todo quisiera dejar constancia de la
Leyenda que al final se narra, que a más
de uno le puede impresionar.
Apenas
13 km, y ya en tierras de Soria, lo separan de Fuentelcésped. A pesar de ese
corto tramo las diferencias entre ambas poblaciones son notorias, sin querer,
por supuesto, establecer comparaciones que estarían fuera de lugar…Pero a las diferencias
a las que quiero referirme es que en esta villa soriana está demostrado en la
historia la presencia de la Orden del Temple, mientras que por otras causas en
Fuentelcésped no se puede demostrar. En el Censo de 1879, ordenado por el Conde
de Floridablanca, figuraba como villa eximida en la Intendencia de Soria, con
jurisdicción de señorío y bajo la autoridad del Alcalde Ordinario de Señorío,
nombrado por el Conde de Miranda. Contaba con 121 habitantes.
A
la caída del Antiguo Régimen la localidad de constituye en municipio
constitucional en la región de Castilla la Vieja, partido de El Burgo de Osma que
en el censo de 1842 contaba con 33 hogares y 134 vecinos.
Vista del castillo templario |
Acertadamente Pascual Izquierdo defina
la villa, en la Guía turística monumental de la Ribera del Duero, como un pueblo encerrado en sí mismo, casi
ensimismado en una larga hondonada que se abre entre la Serrezuela. El caserío
va prolongándose como una sierpe de barro y piedra hasta desembocar en el
castillo, que se muestra como un gran corazón desmantelado, capaz de gobernar
todavía las pulsaciones de este enclave bello y enigmático. En oleadas de musgo
y de memoria los tejados siguen el curso del valle abierto entre las rocas
hasta llegar a los pies de la iglesia románica para rendirle tributo de
adoración. O quizás para entablar diálogo con los rostros que viven en el
ábside...
A la entrada a la villa y a la
izquierda, en una pista divergente que conduce a Langa de Duero se aprecian
innumerables entradas a las bodegas excavadas en el promontorio; le comentaron
al viajero que no hace mucho tiempo expoliaron unos elementos de decoración característicos de su entrada en
forma de bolas de piedra, y vendidas posteriormente como objetos ornamentales
por una rara especie de anticuarios en vías de proliferación.
Suenan unas secas detonaciones que
rompen el silencio de la tarde, se trata sin lugar a dudas de unos disparos de
unos cazadores en las inmediaciones del lugar.
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Abside de la iglesia de la Asunción |
Un caserío típico se agolpa a ambos lados de la calle
principal, a medio camino de esta se ubica a manderecha la casa consistorial,
edificio modernista que pone contrapunto con las construcciones autóctonas,
pero a les gusta a los paisanos y eso es lo que importa. Al final junto a una
plazoleta irregular se alza la iglesia la Asuncíón (siglo XII) de claro corte
románico y añadidos posteriores, entre ellos el atrio; un detalle entre sus
canecillos, con símbolos auténticamente
templarios, es el que todos los
lugareños muestran al forastero, es un hombre y una mujer efectuando el coito,
lo que ha dado lugar para clasificarlas como las imágenes más eróticas del
románico; este comentario lo atribuyen a Gaya Nuño, algo que el viajero discrepa a lo que este
pide humildemente perdón a esta personalidad ya desaparecida, puesto que
conociendo ermitas románicas palentinas destacando entre otras San Pedro de
Cervatos, esto ya se elevaría, en comparación a tildarlo de pornografía.
Detalle de uno de los canecillos, en el cual se aprecia a una pareja humana durante el acto amoroso. |
Lo
curioso del caso que no se sabe si los canteros que lo tallaron gozaron del
consentimiento o no de la severa y moralista Iglesia de aquella época, o simplemente
a modo de rebeldía, vayan a saber vuestras mercedes las causas, se explayaron
con estas manifestaciones. A pocos metros del ábside una placa pétrea junto a
una cruz de madera nos informa que por esos parajes se produjo la conocida
afrenta del Robledal de Corpes, contra las hijas del Cid, es digno mencionar
que dicho lugar lo disputan otras dos localidades situadas mucho más al sur;
ubicando dicho ultraje en una zona segoviana en las faldas del Guadarrama. Lo
cierto que es difícil de asegurar. Lo que describe el poema es que don Fernando
y don Diego que desposaron con sus hijas, las conocidas según el Poema de Mío
Cid como doña Elvira y doña Sol, cuyos verdaderos nombres eran María y
Cristina, además casaron con reyes y no condes, ya que dicho poema épico
además, como se ha demostrado, está lleno de imprecisiones que no
necesariamente se ajustan a la realidad, pues la historia desmitifíca el poema.
En la actualidad y para muchos historiadores las hazañas de Ruy Díaz no
sobrepasan el 25 por ciento de lo que narra el manuscrito del poema.
La creencia popular relaciona el episodio del poema
conocido como Afrenta de Corpes con
este lugar. Ahí se ubicaba sin duda alguna el robledal de Corpes, lugar donde
fueron ultrajadas las hijas del héroe castellano, los autores y séquito huyeron
dando un rodeo para evitar la presencia de los amigos del Cid que tenía en
Aranda de Duero, vadeando el Duero por un lugar distante 10 Km al noreste,
lugar desde entonces por este hecho, conocido como Vadocondes. Esta localidad ligeramente apartada de nuestra ruta la
podemos encontrar tomando la carretera de Aranda a Soria a 10 Km de la primera,
en la entrada a la villa se observa un arco pétreo con el escudo de la Casa de
Austria, Trastámara (O de los Reyes Católicos, que no lo tiene muy claro el
viajero.) Pero eso es otra historia.
Arquivoltas en el pórtico de la iglesia parroquial |
Volviendo al templo y traspasando su umbral, cubierto por
un atrio de época posterior a la original construcción, como ya anticipaba el
viajero, divisamos en toda su magnitud un primitivo románico en sus ajedrezados
y pinturas que nos denotan influencia de la Orden.
A escasa distancia de aquí en lo alto de un otero el
castillo de triple recinto, o mejor dicho lo que de él ha quedado gracias a la
solidez de su edificación; se encuentra fácilmente el aljibe apreciándose la
reciedumbre de sus muros que el tiempo apenas pudo contribuir a su demolición
total, ahora solo encierran la nostalgia lejana de la presencia de los
caballeros de la Orden, y recuerdos de una gloriosa época.
Sin duda se trató en su tiempo de la posición templaria
más meridional soriana, como ya citaba anteriormente el viajero, enclave
decisivo en época de la, ya avanzada, reconquista, y que de algún modo
controlaba decisivamente una amplia zona al sur del Duero.
Volvemos a la villa, propiamente dicha, donde se
contemplan sobre los dinteles de muchas de sus puertas y ventanas ese símbolo
que el viajero contempló en el alero de
una antigua vivienda en la villa de Fuentelcésped de la rosa redondeada
de seis puntas (Rosa sesifofila) ; sin
duda alguna de influjo templario, al igual que la cruz latina superpuesta a la
de San Andrés, contenida también dentro de una circunferencia.
Las horas transcurren y la luz solar se escapa en el
deambular bajo la bóveda celeste como el agua en una cesta, se levanta un
viento norte que hace desagradable el tránsito por las calles de esta
encantadora población cuando de modo simultaneo surge al unísono el alumbrado
de las farolas que cambian por instantes la fisonomía del pueblo. Lo más
acertado es ponerse al resguardo en uno de los bares del pueblo, donde en un
rincón recoleto nos sirven un buen café mientras conversan con dos lugareños
amigos de Carlos, en tan grata conversación, que se prologó por varias horas,
tuvo el viajero la sensación de haber sido sus paisanos fieles guardianes de
tradiciones y leyendas, como allí le han demostrado. Raro sería el lugar que
habiendo sido feudo del temple no existiera ninguna referencia épica, trágica o
de otro estilo sobre la orden. Sería en 1952, siendo párroco de esta localidad
Eustaquio Pastor Teresa, un gran cura para algunos y todo lo contrario para
otros, que opiniones abundan por la localidad, quien tuvo el acierto de hacer
un recopilatorio de la historia de Castillejo, incluyendo una de las leyendas
del siglo XX que podían dejar los pelos de punta a cualquiera; imagina el
viajero situado en un escenario de una solitaria estancia, mientras en el
exterior se desata una tormenta con los consabidos cortes de energía eléctrica.
Momentos propicios para, también, desatar la imaginación de leyendas sobre el
lugar. Fue por eso que aquella tarde, en aquella mesa y antes de entregarle al
viajero el manuscrito le relataron la leyenda del ánima de aquel templario que
vaga errante en busca de confesión de su horrible crimen y poder encontrar el
descanso dentro del mundo de los difuntos
VALLEJO CABALLERO.
En los años que estudió
retórica en el Seminario de El Burgo de Osma uno de los seminaristas natural de
esta feligresía, compuso la siguiente leyenda sobre el dicho paraje en que se
le dio por título:
El Penitente Misterioso.
La copia tal cual se escribió. Al Suroeste de
El Burgo de Osma, en esta provincia de Soria y límite con las provincias de
Burgos y Segovia encuentra el viajero una villa que debe su nombre el castillo
hoy en ruinas que en otro tiempo fue mansión de Caballeros Templarios.
No tiene esta villa bellezas
peregrinas, paisaje de grandeza, cuadros de majestad, ni bellos panoramas.
Circundada de peñascos y cerros no fue pródiga la naturaleza con ella, pues ni
le presta su hermosura esas vegas llanas de arbolado, que en otros pueblos los
sirve de marco ni la inspiración los árboles frutales el aliento de sus aromas
sólo se embellecen con la espiga dorada que coronan los trigales; se embriaga únicamente con los
perfumes de innumerables enebros, encinas, jabinos y sabias, se mece tan solo
con la brisa de sus campos; no se arrulla sino con los cantares de los hijos
del terruño y se regale con un solo bienestar: "La paz de en los que en
ella moran".
En la hondonada y formando
siete calles más o menos rectas, están sus casas, como un ganado de ovejas,
que, mustias bajo el peso del bochorno desperezan de cansancio con el morro,
junto al arroyo de "La Nava".
Allí, en medio, está un
peñasco, como un cono, que sirve de pedestal al castillo y en la falda de esta
iglesia parroquial de construcción románica con sus torres -espadajo- serena y
muda en los monumentos de quietud,
alegra y vocinglera cuando el vértigo de las grandes fiestas libra en
sus bronces la armonía sonora de una música de sentimiento al verla sobresalir
por su altura de más de trescientas casas me ha parecido muchas veces el pastor
que guarda el silencio la blanca manada que desgrana sus amores en las notas de
unos silbos; me ha parecido también el centinela que diluye sus recuerdos en el
callar de las horas y pregona los amores de su patria con la voz de ¡Alerta
está!.
Esta es la patria chica de mis
amores; la naturaleza no fue pródiga con ellos, pero tiene en cambio esa recia
espiritualidad, seria y honda que caracteriza el alma del castillo.
I
Una de las cosas que más me
gusta de éste mi pueblo es visitar con frecuencia -casi diariamente- el
castillo, y hasta me parece que habla toda su ruinosa fachada toda de
grandes epopeyas de tiempos pretéritos.
¡Oh si pudieran articular palabras aquellos arcos de entrada y aquellas paredes
hechas de argamasa, de cal y canto y aquellos montículos de escombros caídos de
techos y paredes!¡Qué cosa dirían!.
Allí me paso grandes ratos contemplando sus ruinas y mí imaginación
vuela a aquellos siglos, cuando los caballeros templarios, mitad frailes y
mitad guerreros, vivían en este recinto, hoy completamente en el más triste
abandono.
Y en verdad que siglo tras siglo han pasado a los
habitantes de hoy cosas y hechos verdaderamente fantásticos de aquellos
tiempos. ¡Cuántas veces de niño, no nos atrevimos a mirar por la noche a esos
torreones porque nos habían contado, en las noches de invierno, y al amor de la
lumbre, hazañas guerreras -algunas de brujería y otras fantásticas- y que
nuestra imaginación las agrandaba hasta creer cosas en tal grado inverosímiles,
que algunas veces terminábamos por reírnos.
Hasta en las escuelas, a
espaldas del maestro contábamos cosas del castillo, que casi siempre eran,
comentando lo que decía algún chico de lo que le había dicho su abuelo la noche
anterior.
¿ Por qué llaman Vallejo
Caballero al camino que va a Valdanzo? Pues porque en aquél valle que sube
empinándose hasta el llano un día le mató "una cosa mala" a un
caballero Templario, después que éste había matado a otro en el castillo.
Si, si, es cierto. "Mi abuelo me lo ha
dicho muchas veces" respondía otro muchacho.
Pocas veces nos acercábamos -
uno solo nunca - a aquél paraje y cuando lo hacíamos con bastante miedo. Si
alguno, más atrevido, al divisarle desde la cúspide decía: "Que sale el alma
del caballero Templario" todos corríamos como galgos en dirección al
pueblo y no faltaba quién decía "que lo había visto". Hasta los
pastores contaban, que en días o noches de tempestad rugía con más fuerza allí
que en otros términos del pueblo; pues una especie de tromba recorría el camino
arrancando alguna vez enebros.
Estas y otras cosas, que
podíamos llamar "aquelarre" eran y son las de siempre, que se suscita
la conversación entre, no ya de niños, sino de personas mayores, vienen a parar
al pobre desgraciado enterrado en el vallejo que lleva su nombre.
II
El día nueve de Julio de 1.946
vino a visitar al párroco de esta villa, un sacerdote joven de uno de los
pueblos segovianos limítrofes a esta, que su Prelado le había recomendado la
cura de almas. Se nota en él un tanto tímido, que su conversación era amena de
tal manera que formamos un juicio admirable del Neo-sacerdote, pues poseía una
cultura bien cimentada.
Pasó todo el día entre
nosotros y al siguiente manifestó querer trasladarse de aquí al inmediato
pueblo de Valdanzo donde quería saludar a unos familiares que residían en el
citado pueblo. No quiso mi párroco que fuese a pie -como lo había hecho al
venir de su parroquia- y para ello nos prestó una buena familia una caballería;
yo quedé en acompañarle y devolverla a mi regreso a sus dueños. Tal, como se
pensó lo ejecutamos. Después de comer el día diez a las tres de la tarde
salíamos el visitante y yo en compañía del párroco - aunque éste a la salida
del pueblo se despidió - y nosotros tomamos el camino que los naturales llaman
de "Valdespino".
Apenas Habíamos andado un
kilómetro, observamos que manchones blancos de nubes, que por aquí llaman
llaneros y que los eruditos dicen cúmulos, se hacían más oscuros apareciendo
más espesas y pesadas que encapotaba el cielo antes limpio.
En nuestra marcha ya oíamos un
retumbar lejano como de artillería distante y pensamos ambos que no era de la
tempestad que se le estaba fraguando sino que los que lo ocasionaban era el
ruido de las maquinarias que no muy lejos trabajaban en la construcción del
pantano en el río Riaza en el pueblo que pronto desaparecerá, Linares. Era sin
embargo demasiado irregular y prolongado para atribuirlo a aquella causa, yo
mismo le dije: La tormenta se acerca pues no es lo que pensábamos a los pocos
instantes unas gotazas de agua eran el preludio de la tormenta, que teníamos
sobre nosotros y aún nos sobrecogía más un vivísimo relámpago que al mismo
tiempo le siguió un trueno horrísono, extraordinario, como no recuerdo haber
oído otro en los pocos años de mi vida.
Precisamente llegamos al sitio
en que la tradición pone la sepultura del caballero. Yo fustigaba al animal
para alejarnos de allí, más el joven sacerdote al ver varios enebros
corpulentos y casi juntos le pareció que no podíamos encontrar otro albergue
mejor y fue él quien dijo: No pasemos de aquí, y en efecto allí se puso bajo de
aquellos árboles. Yo sin decirle el porqué - me tiritaban las piernas más por
el sitio escogido que por la tempestad - le manifesté que para atar el macho
eran mejor otros enebros, que no muy distantes estaban y allí quedé, separados
unos de otros como cuatro metros de distancia.
Lo que sucedió aquella famosa tarde en el terrorífico
escondite, se verá en el capítulo siguiente, que lo oí narrar después al
contárselo a mi párroco el asustado sacerdote.
III
La tormenta, lejos de
despejarse, arreciaba cada instante; yo, dice el nuevo presbítero saqué el
rosario, y apenas había terminado el acto de contrición, como generalmente se
empieza, cuando percibí un ruido extraño, como el de galopar de un caballo que
de repente se parase junto a mí. No vi a nadie; no obstante, oí bien articular
la palabra "Confesión". Lo que en aquellos momentos pasó por mí,
nunca sabré explicarlo. Llamé al estudiante
creyendo que él había dicho la tal palabra, pero me contestó: estoy bien
no me mojo.
Aquella voz misteriosa
continuaba su cuchicheo. Lo más extraño es que no había oído los pasos del
penitente al acercarse y ahora apenas pude entenderle sólo tres palabras que
eran o a mí me parecían: "Frey Cris Roc". Alguna que otra frase
suelta, eran fuera de lo antes dicho, lo único que podía percibir, sobre todo
"Cris Roc", la repitió muchas veces, mis nervios -a pesar de verme en
este caso inusitado de ultratumba- poco a poco se calmaron; y hasta por un
momento creí que pudiera ser la voz de algún viajero extranjero, que caminaba
por aquél camino o el de algún español con dialecto desconocido para mí. Era
tal vez algún anciano que padecía de sordera, pues aún cuando yo no oía nada
traté de interrumpirla para manifestarle que no entendía ni una palabra.
El penitente misterioso no
prestó atención; si no que continuó en su musiteo, sin detenerse un instante.
Me parecía que se hallaba en un estado de terrible perturbación. Su voz
inarticulada se cortaba con sollozos y al fin terminó con un grito. Era un
grito que no sé decir, ni ahora ni nunca que clase de grito era, pues apenas se
oía.
Por otra parte me pareció oír
algunos rozamientos, como de dedos que trabajaban con el intento de sacar tierra.
Al fin se hizo el silencio; y como oímos a una persona que se alejaba de
nosotros, así también yo pude oír, como una fórmula final que la repitió varias
veces, cada vez en tono más bajo hasta extinguirse por completo; pero siempre
entre el chapurreo de palabras el "Cris Roc".
Me levanté deseando salir de
entre aquellos enebros y le dije, sacando fuerzas de mi flaqueza, que no podía
entender ni una palabra. Entonces un profundo sollozo resonó en mis oídos;
sollozo que se repitió desgarrador. Miré enderredor... y no había nadie.
No puedo dar una idea del tremendo choque que sufrió mi alma durante
todo ese tiempo. Debí de clamar en alta voz, pues oí que el estudiante me
preguntaba: ¿Señor, qué le pasa?. Permanecí inmóvil por unos segundos sin
conciencia de la realidad. Cuando hablé, mi propia voz me parecía extraña.
Muchacho: ¿Has visto a alguien por aquí?.
No señor, contestó el
seminarista. Solamente he oído algunas frases, pero era usted el que las
pronunciaba; y yo supuse que era alguna oración o jaculatoria, conque pedía al
Señor que calmase la tempestad.
Como el chico no venía a donde
yo estaba, - a trueque de mojarme - fui donde se había cobijado. De repente
otra vez en el silencio que suele haber en las tempestades, que por un momento
deja de caer, volvió a sonar por la tierra el desesperado galope de un caballo.
Chiquito ¿Oyes?, le dije emocionado.
¿Está usted enfermo?, volvamos
al pueblo si a usted le parece. Además que con el tiempo que hemos estado aquí
ya no le hay para volver con la caballería después de dejarle en Valdanzo con
sus parientes.
Hice entonces un esfuerzo
soberano para decirle que no era nada; pero el chico -quizá al ver mi rostro
cadavérico- insistió que al terminar la lluvia volviéramos a desandar lo
andado.
Nada quise preguntarle a cerca
del galope de caballo, porque quizá después de todo, acaso no habría relación
entre aquello y la misteriosa voz del penitente invisible e inteligible.
IV
Cesada que fue la lluvia,
aunque todo mi ser estaba en estado caidísimo, - vámonos de aquí - le dije al
joven; pues me sentía verdaderamente indispuesto y perturbado; tanto es así que
no nos cruzamos ninguna sola palabra durante la vuelta.
Al llegar a la casa parroquial
no les extrañó ni al señor cura ni a su hermana, ni a las vecinas que nos
habían visto salir horas antes nuestra vuelta, pues alabaron nuestro proceder y
como decían ellas: "Hubiera sido tentar a Dios" si hubiéramos seguido
en el camino; tal era el cariz que presentaba aquella famosa tarde.
Encontramos al señor cura
terminando de rezar los maitines y
laudes del día siguiente, el cual nos, dijo: "He estado bastante distraído
en el rezo, pensando en vosotros; pues venía a mi mente una vieja historia que
suelen contar los sesudos hombres del pueblo y que acaeció, precisamente, en
este día hace varios siglos."
¿Cual? Dijimos los dos al mismo tiempo.
Se dice - continuó el párroco
- que el Papa suprimía la Orden de los Caballeros Templarios el año 1.311,
habitaron aquellos famosos en el castillo de esta Villa. Sin duda ninguna
tenían más de guerreros que de frailes, pues se cuenta de ellos hechos y cosas
vergonzosas; tanto es así que historiadores de nota, aseguran que la masonería
tuvo su origen en ellos.
En aquellos tiempos en que una
comunidad de esta Orden eran los amos de este pueblo, no sabemos las causas,
quizá sería por rivalidades de mando o cosa parecida, pero la verdad es que uno
de los caballeros mató en el castillo al superior que lo era en aquel entonces
Frey Cristóbal de Rocaforte.
Cometido el delito bajó a las
cuadras, y montando en un brioso caballo, huyo camino de las Quintanasrubias -
quizá sería oriundo de aquellos pueblos - cuya dirección es la más recta la que
lleva al inmediato pueblo de Valdanzo. En el Vallejo que empieza -dejando el
camino de Valdespino- se encontró al sacerdote que tenía la cura de alma de
esta parroquia, el cual en su paseo le había sorprendido una tempestad y con
ese motivo estaba refugiado bajo unos enebros.
Nuestro caballero apenas le
divisó, echó pie a tierra; y es de creer que lo hizo movido por el
arrepentimiento y quizá con deseos de que el párroco le oyera en confesión.
Más, apenas se acercó al sacerdote cuando una chispa eléctrica producida por la
tempestad, mató al caballero, dejando su cuerpo carbonizado e ileso al señor
cura. Como en tan trágicas circunstancias ocurrió su muerte, ni sus compañeros,
ni nadie al enterrarle allá, se cuidó de poner alguna señal de que junto a
aquél camino había sido enterrado un ser humano -por cierto sin las ceremonias
de la iglesia-.
Yo oí a mi antiguo párroco que
lo fue aquí por espacio de cuarenta y seis años el cual en muchas ocasiones le
hablaron a él los antiguos feligreses de esa tradición y decían, que en día de
tormenta se oían por aquél vallejo las palabras "Frey Cris Roc" que
como comprenderéis corresponden al nombre del superior asesinado, pero sin
pronunciar las sílabas finales de "Frey Cristóbal de Rocaforte".
Viene por allí y se supone a
que - Dios Nuestro Señor en sus inescrutables designios permite al miserable
cabalgar rápido - a uña de caballo -en idénticas circunstancias en que hizo el
crimen, a buscar la absolución, que desde luego, es imposible concederle-.
De como quedó nuestro joven
sacerdote al oír la historia de aquél desgraciado y tan exactamente como él
había sido protagonista horas antes... no hay para que decirlo.
Manifestó deseos de que le
sirviesen una taza de tila. El señor párroco avisó al médico y sin decirle la
causa, le propinó una inyección para que aquellos nervios se pusieran en su
tono.
Yo, sin necesidad de potingues
farmacéuticos no me aumentó el miedo que ya de niño tenía, pero la verdad ante
todo, pocas noches se pasarán que entre sueños no vea a un caballo corriendo,
corriendo, corriendo mucho y que al chocar en el suelo los clavos de las
herraduras salten chispas de ellas, como si la centella que lo mató fuera
serpenteando por el camino de "Vallejo Caballero" y muy principalmente
junto al sepulcro del "TEMPLARIO".
Jesús García y Jiménez
Por los Caminos del Temple
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